13. Conversación en la cripta

13. Conversación en la cripta

Santiago de Compostela

Lleva lloviendo una semana. Desde que salí de O Cebreiro l a lluvia no

ha parado de caer y entro e n Santiago toda empapada; sin embargo,

cuando llego a la plaza del Obradoiro, donde está la catedral, de repente

sale el sol y la majestuosidad del sitio y la emoción de haber llegado me

ponen la piel d e gallina. La plaza está llena de gente: de peregrinos con

mochilas, bastones y conchas que llegan de diferentes países; de turistas

con cámaras haciéndose fotos con la catedral a l fondo; de vendedores

de recuerdos; d e madres que empujan cochecitos de bebé; d e vecinos

que van a trabajar o hacer compras y que pasan deprisa hablando por e l

móvil; de tunos que cantan acompañados de guitarras...

A mi alrededor se habla inglés, francés, español, italiano,

gallego... una mezcla de lenguas que me hace pensar en l a Edad Media,

cuando esta plaza ya era tan internacional como ahora. Pienso que si

cambiamos los vaqueros y las chaquetas de la gente por hábitos

medievales y las gorras por sombreros d e fieltro, l a escena podría ser

muy parecida a la de antaño. Hay un aire de fiesta e n e l aire y a pesar

de estar en el noroeste de España siento como si estuviera en e l corazón

de Europa.

De repente, entre todas las voces, distingo una con un fuerte

acento americano que me resulta familiar.

-Me encanta este ángulo pero l a luz n o es buena. Creo que tendré

que volver mañana para los exteriores. Ahora me apetece trabajar

dentro.

A l volverme m e encuentro cara a cara con l a enorme lente de l a

cámara fotográfica de Jack, el fotógrafo que conocí en Burgos y que

lleva ya una semana en Santiago. Tras saludarnos me presenta a Xelís,

que le hace de guía. De repente, empicza a llover de nuevo.

-Esto es normal -dice Xelis-. E n Santiago tenemos una media d e

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unos 325 días de lluvia a l año.

Pero no me importa que llueva. L a lluvia resalta l a belleza de l a

ciudad. Como muchos de los edificios del casco histórico fueron

construidos con piedra de granito, los miles de gránulos cristalinos que

hay en la piedra brillan a l mojarse. E n las calles empedradas, las

enormes losas del suelo parecen joyas relucientes.

Y o estoy cufórica por haber llegado hasta aquí, pero todavía me

falta lo más dificil: encontrar la cripta y devolver los trozos de vidrio sin

que me vea nadic, sobre todo la policía. Lo primero que tengo que hacer

es entrar en l a catedral, pero hay tanta gente que n o sé cómo voy a

conseguirlo.

L a catedral, que se alza sobre una gran escalinata de granito, es

impresionante. Ya h e visto la d e León y la d e Burgos, que m e han

gustado más desde el punto de vista arquitectónico, pero esta

impresiona por su grandeza y por lo que significa: la meta del Camino.

Con l a mochila a la espalda subo con Jack y Xelís las escalinatas

para entrar a l a catedral por el Pórtico de l a Gloria, posiblemente la

obra románica más bella del mundo. Mientras Jack hace fotos, Xelis se

ofrece a hacerme de guía.

-Las esculturas representan e l Juicio Final -me explica- y la

figura del parteluz representa a Santiago.

A pesar de que hay muchísima gente, y o estoy dispuesta a seguir

todo el ritual de los peregrinos. No soy creyente y por momentos me

siento u n poco ridícula, pero al mismo tiempo me emociona sentirme

unida por e l ritual que han seguido durante siglos millones d e seres

humanos.

La catedral también está llena de gente y en los confesionarios se

confiesa en varias lenguas. Cuando anuncian que va a empezar la misa

de doce, Jack se prepara para fotografiar e l Botafumciro, uno de los

símbolos más populares de l a catedral de Santiago. Es u n enorme

incensario del siglo XVI que se balancea colgando del techo de l a

catedral de un lado al otro, perfumando e l ambiente de incienso. tanto que tiene que ser tirado por varios hombres.

Pesa

-Me fascina el perfume del incienso -dice Jack.

-¿Cómo dices que se llama eso? -pregunto.

Botafumeiro -responde Xelís. Significa "echa humo" e n

gallego.

En la catedral, la marca de gente continúa y y o sigo visitando

capillas y retrasando el momento de buscar la cripta. Siento un dolor en

el estómago, pero no necesito ser médico para saber que es miedo. Sí,

tengo miedo, pero he recorrido todo este camino para llegar hasta aquí y

ahora n o puedo volverme atrás. Por alguna razón desconocida tengo

que cumplir esta extraña misión, y cuanto antes baje a l a cripta antes

resolveré el misterio.

Respiro hondo y sigo las indicaciones que llevan hasta la cripta

pero, como suponía, está cerrada al público. Hay una cinta roja y blanca

delante de la entrada y una nota que dice: PROHIBIDO E L PASO. Un

hombre con uniforme monta guardia para asegurarse de que nadic entra.

Tengo que buscar una manera de distracrlo. Voy a buscar a Jack para

que me ayude.

-¿Puedes hacerme u n favor? -le pregunto. momento al guardia que vigila la cripta?

¿Puedes distraer un

-¿Para qué? Creo que está bajo investigación policial, por un robo

o no sć qué.

-Ya l o sé.

-¿Entonces, por qué te interesa tanto entrar?

-No puedo decírtelo todavía. Sé algo que puede ayudar a la

investigación, pero no puedo hablar con l a Policía. Antes tengo que

comprobar algo.

J a c k m e m i r a c o n o j o s m a l i c i o s o s * 2 , c o m o r e p r o c h a n d o m e a l g o .

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—Yo no h e hecho nada malo -le aseguro-. ¿ Vas a ayudarme o no?

-De acuerdo, pero si pasa algo yo no te conozco.

Mientras Jack entretiene al guardia me deslizo junto a la pared y,

sin que nadie m e vea, bajo los escalones de l a cripta. Una bombilla

ilumina la estancia con una luz tenue. En un tablero montado sobre dos

caballetes cstá la vidricra románica que he visto en l a tele; me detengo

a mirarla y veo que está rota, incompleta.

-Hasta ahora ha sido imposible repararla -dice una voz que parcce

llegar de l a oscuridad, pero ahora ha llegado e l momento de l a

restitución. Sabía que vendría, scñorita Randall.

E l corazón me da u n vuelco en el pecho. Me doy l a vulta y

reconozco al hombre que v i en el pantón de los Reyes de San Isidoro

de León; el hombre que me mostró l a inscripción en latín que decía

"Nunca segundas partes fueron buenas". Ahora sé que se refería a los

trozos nuevos con los que no se ha podido restaurar la vidriera.

-¿Los ha traído? -me pregunta.

-¿Quién es usted?

-Digamos que un antiguo amigo de su familia.

-¿De mi familia? N o creo que ningún miembro de m i familia tenga

amigos en España. ¿Qué quiere de mí?

-Que restituya a la catedral lo que le pertenece.

-¿Pero por qué yo? ¿Qué tiene esto que ver conmigo?

-Lo comprenderá cuando la vidriera esté completa de nuevo. ¿Los

tiene todos, los nueve?

Asiento con la cabeza y con cuidado dejo m i mochila en el suclo y

abro la cremallera. Desenrollo m i toalla y voy sacando, uno a uno, los

trozos de vidrio. Se los ofrezco; él los observa y los va colocando sobre

la vidriera, completándola como un puzle. Cuando está completa, una

luz brillante ilumina la cripta, como si de repente se hubieran encendido

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decenas de bombillas halógenas.

-Ahora y a todo está como tenía que estar -afirma el hombre con

solemnidad. Las reliquias sagradas han sido restituidas y l a vidriera

podrá volver a s u sitio. Sabía que usted lo lograría -añade satisfecho-.

Ya ha cumplido su misión; ahora ya puede marcharse tranquila.

-¿Marcharme? ¿Cómo quicre que me marche así? Necesito saber

qué es todo este misterio. ¿Qué tiene todo esto que ver conmigo?

—Yo no puedo contarle nada, pero si quiere saber la verdad tendrá

que ir hasta Finisterre. Allí, frente al océano, al borde de u n

acantilado, hay una pequeña ermita románica. La llave está en el hueco

del roble que hay al lado. Busque detrás del altar; allí encontrará l a

respuesta.

-Pero...

Gracias -dice el hombre-, gracias por restituir a la historia lo que

e s suyo -y a continuación se da l a vuelta y desaparece por las escaleras

de la cripta. Cojo mi mochila y salgo corriendo tras él.

-¡Espere!

-¡Oiga, usted n o puede estar aquí! -me grita el guardia que me v e

salir de l a cripta.

Hago un gesto d e disculpa con las manos y empiczo a correr de un

lado a otro buscándolo entre la gente, pero me es imposible encontrarlo

entre la multitud.

¿Qué es todo esto?, me pregunto. Yo pensaba que devolver los

vidrios a la cripta sería suficiente, pero aún n o he descubierto nada. H e

cumplido mi misión, pero e l misterio está sin resolver y no puedo

volver a Inglaterra sin conocer el significado de todo esto.

Quedan demasiadas preguntas sin contestar: ¿Quién es ese hombre

que parece saber tanto sobre mí? Ha hablado d e m i familia, pero ¿qué

tiene que ver mi familia con todo esto? ¿Y s i me ha engañado y en

Finisterre no hay nada? ¿ Y si es una trampa para secuestrarme o algo

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por el estilo?

Tranquila, me digo, si alguien quiere sccuestrarme o hacerme

daño, ha tenido muchas oportunidades de hacerlo a lo largo de todo e l

Camino de Santiago. Sea lo que sca, tengo que resolver este misterio.

Mientras doy vueltas al problema en mi cabeza me acerco a la

oficina del peregrino a recoger l a compostela. Pienso enmarcarla y

ponerla en la pared de m i despacho, o mejor, publicarla en la revista

junto con mi reportaje. Sin embargo, todavía n o puedo comprar el

billete de vuelta. Para Jack, para los compañcros que h e ido

encontrando durante el viaje y para la mayoría de los peregrinos, e l

Camino de Santiago termina aquí, pero para mí no h a terminado

todavía.

Ritual de llegada del peregrino

Todos los peregrinos que llegan a Santiago y entran a la catedral por c l

pórtico de l a Gloria siguen un ritual preciso. Lo primero que hacen es

poner la mano en el parteluz donde está la figura de Santiago. Allí hay

una huella profunda en forma de mano que se ha hecho e n la piedra, a

lo largo de los siglos, por e l tacto de las manos d e millones d e

peregrinos. A l poner la mano en la piedra hay que pedir tres descos.

Después de haber pedido los descos, el peregrino pasa detrás del

parteluz y se arrodilla para dar tres cabezazos a una figura misteriosa.

Los compostelanos' l e llaman e n gallego O Santo dos Croques, e l

Santo de los Coscorrones. Dicen que hay que darle tres coscorrones

para que el santo les pase algo de su inteligencia.

Los historiadores dicen que la cabeza representa al macstro Mateo,

el escultor del pórtico d e la Gloria, pero hay quien asegura que hace

referencia al Bafomet, la misteriosa cabeza que adoraban los Caballeros

Templarios y que representaba el conocimiento.

A continuación, el peregrino entra en la catedral y se dirige hacia la

parte de atrás del altar, donde está e l camarín con la imagen del

apóstol. La gente hace largas colas para subir los estrechos escalones y

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pasar, uno a uno, a abrazar a l santo. Después hay que ir a la oficina de

los peregrinos, donde a l mostrar l a credencial con todos los sellos de

albergues e iglesias, el peregrino obtiene la compostela, el documento

oficial que acredita que ha hecho el Camino de Santiago hasta el final.

S i s e registra antes de l a misa d e las doce del mediodía, el

peregrino pude escuchar su nombre pronunciado durante la

celebración, cuando se nombra a los peregrinos que han llegado ese día

a Santiago.

Antes de emprender el camino de vuelta muchos peregrinos

compran una figa en la plaza de la Azabachería. La figa es u n amuleto

de azabache que protege a los peregrinos en su viaje de vuclta a casa.