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TamarLutidze
¡Bienvenidas, mentes curiosas!
¿Conocéis los orígenes de la celebración del Día de Muertos?
¿Sabíais que el alma de cada difunto regresa para visitar a su familia en uno de seis días
diferentes, en función del modo en que falleció y la edad que tenía?
Mucho antes de que los españoles llevaran la religión católica a Mesoamérica, los
nativos ya creían en la existencia de una vida tras la muerte.
Dentro del cuerpo humano había una entidad anímica que otorgaba conciencia e identidad
a la persona, y, cuando esta moría, esa ánima –a la que los mayas llamaban 'ol' y los
mexicas 'teyolía'– abandonaba el cuerpo y pasaba a un plano ultraterreno.
Sin embargo, para que pudiera continuar su existencia espiritual seguía necesitando
ayudas de los vivos, de sus seres queridos, en forma de alimento y, especialmente, de
reconocimiento, de recuerdo.
Aunque los ritos funerarios mesoamericanos variaban de unos pueblos a otros, los hallazgos
arqueológicos de enterramientos apuntan a que era muy frecuente que los difuntos fueran
sepultados acompañados de objetos que usaban de manera cotidiana, así como de herramientas,
alimentos, ropajes, instrumentos musicales y joyas, probablemente con la intención de
que al difunto le resultaran útiles en el más allá.
Esa tradición funeraria la encontramos también en otras muchas civilizaciones, como la sumeria
o la egipcia, ya que es universalmente lógico pensar que, si hay una vida más allá de
la muerte, puede ser buena idea viajar equipado con algunas cosas.
Aquellas antiguas ofrendas funerarias mesoamericanas –entre las que se incluían esculturas que
representaban a los dioses mortuorios, braseros, incensarios y calaveras hechas de diversos
materiales, como la piedra o el jade– forman parte de la raíz cultural del actual Día
de Muertos, en el que los vivos ofrendan a sus seres queridos fallecidos todo tipo de
objetos, de los que hablaremos más adelante.
A diferencia del cristianismo y al igual que, por ejemplo, la mitología nórdica, la cosmovisión
de los mexicas indicaba que el destino de los difuntos tras su muerte no tenía tanto
que ver con lo bien que se hubieran portado en vida como con su forma de morir.
Para ir a uno de los cuatro paraísos a los que podían aspirar los humanos, tenías que
perecer de una forma concreta.
Si morías en combate, ibas al Tonatiuhichan, un paraíso en el que, durante cuatro años,
lucharías junto al dios del Sol, Tonatiuh, contra la Luna.
Transcurrido ese tiempo, te reencarnarías en un colibrí.
También podías acabar en ese paraíso si eras capturado como prisionero y morías en
sacrificio gladiatorio, es decir, que te amarraban a una piedra mediante una soga y te ponían
a luchar contra varios de los guerreros del bando vencedor, que te solían acuchillar
sin demasiadas dificultades.
Daba igual si te defendías mucho o si te rendías nada más empezar: morir así también
te llevaba al Tonatiuhichan.
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