La Voz de Venezuela


En Venezuela ya no se podía vivir tranquilo. Cada día había peleas en las calles, la comida era escasa y los hospitales no tenían ni aspirinas.

Bianca tenía veintitrés años y estaba harta de tantos problemas. Su primo Luis le mandaba fotos de su vida en Málaga y ella soñaba con irse también.

Para pagar el vuelo, Bianca tuvo que vender todas las cosas que tanto le gustaban.

Al final solo pudo llevarse una maleta vieja con dos mudas y el collar de su abuela, lo único que le quedaba de ella desde que murió el año pasado.

El viaje duró casi día y medio y Bianca llegó por fin a Málaga. Estaba cansada pero feliz de haber salido de Venezuela.

En su mano llevaba un papel con la dirección de Luis.

Cuando encontró el portal y subió al piso, un señor mayor le abrió la puerta.

—Busco a Luis Martínez —dijo Bianca con una sonrisa.

—Aquí ya no vive —respondió el hombre—. Se fue hace unos quince días y no dijo adónde iba.

Bianca miraba a su alrededor sin poder creerlo. Estaba en España, sí, pero sola como un dedo. No conocía a nadie y los euros que le quedaban apenas daban para comer.

Tres noches en un hostal barato acabaron con sus ahorros. Ahora dormía en el parque, con miedo al frío y a los extraños que pasaban.

Una mañana, Bianca caminaba por el centro de Málaga cuando vio una tienda pequeña. Se llamaba "Melodías del Ayer" y vendía instrumentos usados.

En el escaparate había una guitarra vieja pero bonita.

Bianca sonrió al verla. Desde niña le encantaba cantar en fiestas y reuniones. "Quizás pueda ganar algo de dinero con música", pensó mientras miraba el precio.

Entró en la tienda con el corazón encogido. Una señora mayor la recibió con una sonrisa.

—Buenas tardes, ¿te puedo ayudar en algo?

—Quería... quería vender este collar —dijo Bianca—. Para comprar esa guitarra del escaparate.

Rosa tomó el collar y lo examinó.

—Es bonito, pero no vale tanto como para comprar la guitarra.

Los ojos de Bianca se llenaron de lágrimas. Era lo único que le quedaba de su familia.

—¿Por qué quieres la guitarra? —preguntó Rosa con curiosidad.

—Para cantar en la calle y ganar algo de dinero. En Venezuela siempre cantaba, dicen que lo hago bien.

Rosa miró a la joven con interés.

—¿Me cantarías algo ahora?

Bianca asintió y comenzó a cantar una canción tradicional de su país, sin acompañamiento. Su voz, clara y emotiva, llenó la pequeña tienda.

Rosa se quedó impresionada.

—Llévate la guitarra —dijo cuando Bianca terminó—. Y quédate con tu collar. Solo te pido que vengas a cantar aquí de vez en cuando para alegrar mi día.

Al cerrar la tienda esa noche, Rosa encontró a Bianca sentada en un portal cercano, abrazada a su guitarra.

—¿No tienes casa?

Bianca bajó la mirada y movió la cabeza. Luego le contó todo: cómo salió corriendo de Venezuela, el primo que ya no estaba, y esas noches horribles durmiendo en el parque.

—No puedes dormir ahí —dijo Rosa con firmeza—. Tengo un pequeño espacio en la trastienda. Es tuyo hasta que encuentres algo mejor.

Con el tiempo, una fuerte amistad creció entre ellas. Rosa le contó que nunca se había casado ni tenido hijos.

—Ahora tengo sesenta y ocho años y estoy cansada —confesó—. Quiero retirarme, pero mi pensión será muy pequeña y pago un alquiler alto. Y la tienda no da mucho dinero. Siempre quise tener mi propia casa para dejar de trabajar.

Bianca comenzó a cantar frente a la tienda cada tarde. Su música atraía a mucha gente que luego entraba a comprar.

Un día, alguien grabó a Bianca cantando y subió el video a internet. Se volvió viral. Un productor musical importante viajó desde Madrid para escucharla en persona.

—Tu voz es excepcional —le dijo después de oírla—. Quiero ofrecerte un contrato.

Seis meses más tarde, Bianca era una cantante conocida en toda España. Con su primer gran pago, compró dos casas vecinas en Málaga.

Bianca llevó a Rosa a ver una de esas casas. Era grande, con ventanas hacia el mar y un jardín lleno de flores.

—¿Te gusta esta casa? —le preguntó Bianca.

—Sí, me gusta mucho —respondió Rosa admirando el lugar—. ¿Es tu nueva casa?

—No, es tuya —dijo Bianca, entregándole los papeles—. Y mira, la casa de al lado es la mía. Vendré siempre que no esté de gira. Nunca más estaremos solas.

Rosa no pudo hablar de la emoción. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras abrazaba a Bianca con fuerza.

—Gracias, hija —susurró finalmente.

Se quedaron abrazadas en el jardín, contemplando su nuevo hogar. Rosa nunca había llamado "hija" a nadie, y Bianca no había escuchado esa palabra desde que dejó Venezuela.